Lecciones de juez

“(Imagen Paul Grace, WICE Awards)

A veces pienso que, quizá debiese haber escuchado al profesor de dibujo de segundo quien hablaba de dejar la carrera que el mismo describía como “al borde de la saturación”; porque es duro ser arquitecto, sobre todo en el siglo veintiuno.

Yo no quería ser arquitecto, no al menos al principio… Al principio, después de haber visto aquellas imágenes de niños muriendo de hambre en el telediario, con moscas en su cara y tripas hinchadas, lo que yo quería haber sido era presidente! Que tópico pensareis! Pues ya veis, esa es la realidad… No fui la única a la que las imágenes de la hambruna en Etiopía hicieron abandonar su niñez, lo se porque a lo largo de los años he conocido a otr@s. En mi caso, una lectora de Mafalda, con una abuela ingeniero y en pleno Thatcherismo, el querer ser presidente (para poder resolver problemas importantes como aquel) no era siquiera un pensamiento extraño.

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Sin embargo, cuando llego el momento de decidir, mi vida tomo otro cauce.

Cuando elegí arquitectura como carrera o mejor dicho, cuando la arquitectura me picó, pensé que aquello tenia el potencial para cambiar positivamente la vida de las personas. (Esto lo sigo pensando) Sin embargo, pronto descubrí que en arquitectura, uno aprende a mirar demasiado hacia dentro cuando busca soluciones a problemas externos. Esto es algo que nunca he logrado entender, y sin embargo, la profesión, es lo que premia.

El mundo ha cambiado a pasos acelerados desde entonces y sin embargo la mayoría de los arquitectos parecen ir a diferente velocidad, sin siquiera darse cuenta de las implicaciones de esos cambios. Aun enamorado de un ideal que(para la mayoría) no existe hace mas de cincuenta años, en vez de buscar oportunidades en su nuevo contexto, el arquitecto se lamenta de su suerte mientras ojea una revista de esas en las que nos presentan las excepciones como regla.

Se que parece exagerado pero no lo es.

Cuando hace un año deje el estudio en el que trabaje 8 años para concentrarme en buscar oportunidades para el mío propio, otros dos compañeros decidieron hacer lo mismo y, como yo, habiendo reconocido el valor de semejante aprendizaje, encontraron trabajos de consultoría al lado del cliente. En el contexto que nos rodeaba, pocos entendieron la decision, y  vieron , lo que nosotros vimos como oportunidad de crecimiento y market research, como una vuelta atrás.

No fue una sorpresa. Los concursos de arquitectura, la manera en la que la industria valora a los suyos y las publicaciones especializadas se encargan de perpetuar la imagen del icono, y así, arquitectos y arquitectas que contribuyen al desarrollo del entorno que nos rodea, son sistemáticamente ignorados.

Hace una semana me encontré en una fiesta de premios de ingeniería y construcción, vestida de largo. Estaba allí como invitada, como jueza de dos categorías (Arquitecta y Arquitecta Técnica), en una habitación en la que la minoría eran hombres.

Tan solo unas semanas atrás había entrevistado a un grupo de mujeres arquitecto extremadamente capaces . Mujeres que trabajaban de cliente en proyectos multimillonarios, mano a mano con las fuerzas armadas corrigiendo errores de construcción y diseño en barracones ocupados, o implementando sistemas de trabajo en contratas especializadas en transportes. La contribución de aquellas mujeres, al mundo de la arquitectura,  se reconocía en unos premios de ingeniera y construcción que, de manera inclusiva, crearon una categoría para ellas, donde su propia profesión no les hubiese permitido reconocimiento.

En sus presentaciones no vi una sombra de vergüenza, de “ya me gustaría hacer/salir en”. No se dieron excusas, no se bajaron las miradas cuando preguntamos a cerca de su trabajo, ni hubieron vacilaciones al tener que explicar sus aportaciones personales. Ellas estaban orgullosas de la contribución personal que habían hecho a cada uno de los proyectos sin importarles otra cosa que el tener un cliente al que haber ayudado .

Esta fue una lección que debo compartir , que necesito que otros conozcan. Porque las escuelas de arquitectura siguen empeñadas en producir los diseñadores frustrados (y en paro) del futuro mientras las oportunidades que esconde la realidad diaria siguen ignorandose. Porque no quiero insinuar que nunca se vaya a diseñar, sino que la profesión del arquitecto ha cambiado y es hora de que aceptemos el cambio y sepamos buscar el valor que podemos ofrecer al mundo de oportunidades que es el de la construcción a través de nuestro conocimiento.

Para leer a cerca de mi experiencia como juez, seguid este link. ”

Article originally published in my Womenalia blog “Fronteras Invisibles” on the 15th of June 2016″

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